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La universidad norteamericana siempre contrata a los mejores gerentes y directivos con un objetivo: mantener el crecimiento de un negocio en el que la competencia es de las más duras de todos los sectores

Los ingresos de uno de estos directivos varían en función de la calidad y prestigio de la institución que presiden. El presidente de un centro universitario gana entre 80.000 y 100.000 dólares, o menos si trabaja en un una universidad privada con un nivel académico muy bajo, inferior al 20 %, (de las situadas entre la 3.000 y 4.000 de las centros universitarios censados en Estados Unidos) o hasta 33 millones de dólares, caso del presidente de la Universidad de Chicago, situada en la actualidad entre las diez mejores universidades a escala mundial.

La financiación de las mejores universidades no está condicionada por los ingresos que las familias y los alumnos pagan a la universidad. Al contrario de lo que la gente pueda pensar, cuanto más selecta y elitista es la educación universitaria que imparte una universidad, más ayudas ofrecen a sus estudiantes, sean estos deportistas destacados o no, siempre y cuando el alumno sea considerado por la universidad como un activo con posibilidades de futuro para el centro. El criterio de selección de estas universidades se basa en elegir a aquellos estudiantes, no en función de los ingresos de la familia, sino de lo que el o la estudiante podrá aportar a la universidad.

Y esto cómo es posible. Pues, porque más del 95 % de los fondos e ingresos de las mejores universidades no provienen de los ingresos de los alumnos, sino de campañas para recaudar fondos (fundraising), filántropos que entregan parte de sus bienes a una universidad como una obra en bien de la comunidad, donaciones de particulares, charlas  e intervenciones de sus profesores tanto dentro como fuera del país, publicaciones, investigaciones e ingresos por patentes.

Top-25 Endowment Funds

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Con esta forma de proceder, lo que las universidades buscan es crear un ambiente atractivo para atraer el mejor talento, a los mejores estudiantes, a los que becan, al margen de la situación económica de sus familias. Así, se aseguran de contar con los mejores y más brillantes alumnos aunque, sus posibilidades económicas, en principio, sitúen el acceso a estas universidades fuera de su alcance. La atracción de talento se extiende también al cuerpo de profesores, ya que contratan a los mejores, a los que les pagan elevadas sumas, a lo que añaden la última tecnología y los mejores equipos de investigación.

Y todo para convertirse en centros en los que los alumnos tienen, desde el primer día, la opción de investigar y llevar a cabo tareas prácticas que combinan con la parte teórica. Esto es posible porque tienen un porcentaje de alumnos por profesor muy bajo, con el fin de poder interactuar constantemente, y convertir la enseñanza en un diálogo permanente entre profesor y alumno, un método que permite avanzar a los estudiantes mucho más rápido. Las universidades más pequeñas tienen la ventaja, además, de que ofrecen a sus alumnos prácticas desde el primer día. Centran toda la atención de los profesores en los alumnos de grado, que tienen a su alcance numerosas oportunidades de investigación, ya que muchas de ellas no ofrecen postgrados.

Cuanto mayor es la universidad más difícil es que el estudiante pueda acceder a este tipo de educación, en la que el profesor y el alumno entablan un diálogo continuo, y donde las clases prácticas se imponen a las teóricas.

En los centros universitarios con muchos alumnos y públicos los estudiantes apenas tienen la oportunidad de llevar a cabo investigación, ya que esa posibilidad se reserva casi en exclusiva para los alumnos de postgrado, a los que se da prioridad. Un número elevado de alumnos significa, además, que le enseñanza sea más teórica, menos práctica, y que los profesores no dispongan de tiempo para atender, de manera personalizada, a los estudiantes, que tendrán menos opciones de investigar e interactuar con compañeros y profesorado.

Unas dificultades que hacen que, entre las 100 mejores universidades de Estados Unidos, haya solo un 5 % de centros públicos.

Desde que comenzó la crisis económica, en 2008, la aportación de fondos del Gobierno federal a las universidades públicas de Estados Unidos se ha reducido más de un 50 %. La tendencia, en la actualidad, es que las universidades públicas de menor nivel para competir por los alumnos bajen el listón académico para facilitar que se matricule el mayor número posible de estudiantes. La financiación de estos centros depende, en un elevado porcentaje, de lo que pagan los alumnos. Un reciente estudio mostraba que los alumnos de las universidades públicas de tipo medio de Estados Unidos estudian una media de cinco horas a la semana. Con esa formación, una vez que salgan de la universidad, es casi imposible que se incorporen al mercado laboral con garantías. Con hábitos de trabajo así pocas compañías van a contratar a un estudiante de estos centros. El descenso en la exigencia y el esfuerzo que tienen que hacer los estudiantes para obtener una titulación se vende como un atractivo por estos centros. Pero el elevado número de instituciones que compiten por atraer a los alumnos ha llevado a que estas universidades, además de relajar el esfuerzo de los estudiantes, se reinventen como proveedores de servicios de ocio, como si fueran hoteles del tipo todo en uno, ofreciendo las mejores habitaciones, el mejor gimnasio, los mejores eventos sociales o la frecuencia con la que organizan fiestas. Y un importante número de alumnos se deja convencer por esto tipo de servicios, que nada o poco tienen que ver con educación universitaria.

¿Cuál es el resultado de lo anterior? Malo. El 60 % de los alumnos de estos centros no se gradúan en los cuatro años que dura una carrera, tardan seis años. Un elevado número de estudiantes interrumpen sus estudios, bien porque no pueden pagar la universidad, bien porque se dan cuenta de que, cuando terminen sus estudios, no van a conseguir el trabajo que esperan, ya que hoy el retorno de la inversión y el esfuerzo que hace un estudiante, no es el de hace unos años, cuando el Gobierno financiaba casi la totalidad de las matrículas de estas universidades. Es decir, hace unos años estos centros se dedicaban a formar a los mejores alumnos con los mejores profesores, y mantenían la calidad de la enseñanza, pero hoy tienen que competir por ganar dinero a toda costa, pues las va la supervivencia en ello, y lo hacen a costa de rebajar la calidad de la formación que imparten.

Lo cierto es que, hoy en día, el retorno de la inversión para alumnos y familias solo se obtiene en las mejores universidades, aquellas que forman a sus estudiantes para ser los mejores en sus áreas, y que se preocupan por ofrecer la mejor formación académica, a la vez que garantizan acceso a los mejores contactos profesionales gracias a clubes selectos como, por ejemplo, el Harvard Club, con presencia en casi todos los países del mundo.

España, por ejemplo, cuenta con el Harvard Club de España en Madrid y Barcelona, con apenas 900 y pico graduados en toda la historia de esta universidad. Por contraste, un país tan pequeño como Suiza tiene más de 10.000 graduados de Harvard. Una situación que ha llevado a que, en nuestro país, muchas veces integren en el Harvard Club a estudiantes del MIT y de otras universidades de élite pertenecientes a la denominada IVY League.

Un graduado de Harvard puede atender a eventos casi semanales que organiza este tipo de clubes no solo en España, si no en cualquier país del mundo para conectar ideas y proyectos con otras personas también graduadas en su universidad. Estas reuniones sirven para mantener el contacto y fomentar el sentimiento de pertenencia a una entidad.


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